Lema, orgulloso de vestir la camiseta celeste

Victoria de Belgrano en La Paternal

Méndez: "En el Kempes no lo ganábamos"

Belgrano venció en la vuelta a Alberdi

Con lo justo, Belgrano venció a Defensores

27 de mayo de 2016

Nos quedó atragantada la ovación

La salida de Ricardo Zielinski como DT de Belgrano le puso punto final a una etapa histórica de nuestro club. Los hinchas no tuvimos la chance de despedirlo como él merecía.



Mucho es lo que se habla sobre la no continuidad del Ruso al frente del primer equipo. Que hubo diferencias, que el desgaste marcó esta suerte, que suenan reemplazantes, y así se puede proseguir con un sinnúmero de etcéteras.

Lo cierto es que lamentablemente, cuando Belgrano vuelva a salir a la cancha, ya no tendrá al entrenador más importante de su historia en el banco de suplentes. Ya no veremos al Ruso al borde de la línea dando indicaciones, pidiendo calma y al mismo tiempo llamando la atención -a su particular manera- de aquellos futbolistas propios y extraños que no entienden que en Belgrano sólo vale poner.

Por estos días, los líricos festejan y se ponen la pilcha de falsa pitonisa. Advierten que todo era obvio, que la salida era evidente, y que según su sabiondo criterio, el fin de ciclo debería haberse producido mucho antes.  Todo ese balbuceo, contó y cuenta también con el agite de algunos especímenes de la prensa vernácula que siempre señalaron con el dedo al entrenador por no haber salido nunca a suicidarse. 

Lo que nunca se atreven ni se atreverán a mencionar los opinólogos de esquina es que la talla del Ruso merecía, por lo menos, contar con algo más que las migas del mercado de pases. Con material que verdaderamente pudiera reforzar la base existente, y por sobre todas las cosas que estuviera a la altura. A su altura. Tampoco valoran que, así y todo, con poco, Zielinski afianzó al club en la máxima categoría, le otorgó una identidad, clasificó por primera vez a Belgrano a una copa internacional, fraguó la mejor campaña porcentual de la historia del club y del fútbol cordobés en primera división.

Pero, por suerte, la única verdad no habita en la palabra de algunos esperpentos, sino en la auténtica tribuna. En esos piratas que se conmovieron ante la salida de Zielinski y que hoy ya lo extrañan. Porque el Ruso nos dejó marcas imborrables. Por coherencia, por humildad, por trabajo, por convicción, por no vender falsedad, por darle un nombre a Belgrano en el concierto nacional, por hacernos respetar, por interpretar nuestra idiosincrasia, por jugar y sobre todo por vivir a lo Belgrano.

Nos quedó atragantada una ovación y una despedida. Pero el tiempo nos va a volver a cruzar. Ahí donde Zielinski dirija, seguramente el pueblo pirata tendrá puestos sus ojos, y también el corazón. Porque la admiración y el agradecimiento serán eternos. Porque, para siempre, Belgrano y el Ruso serán parte de lo mismo.